Historia de mi vocación
 
Chimalhuacán, Edo. Méx., a 25 de junio de 2015
 
A quien corresponda.
P R E S E N T E
 
Mi nombre es Juan Manuel Portilla Viveros, sacerdote de la Diócesis de Texcoco, ordenado sacerdote hace poco más de tres años y párroco de la comunidad consagrada a Cristo Rey, en Barrio Fundidores, Chimalhuacán, desde hace 2 años y medio.
Soy originario del Estado de Veracruz, del municipio de Actopan; soy el segundo hijo de 8 hermanos: cuatro varones y cuatro mujeres. Después de mi nacimiento, mi familia se vio en la necesidad a emigrar al Estado de México por cuestión de trabajo; estuvimos radicando por cerca de 4 años en el municipio de Ciudad Nezahualcóyotl; posteriormente, llegamos a vivir al municipio de Chimalhuacán, lugar donde radica actualmente mi familia desde hace cerca de 33 años.
Los estudios de Primaria, los realicé en una escuela de la localidad, la única que se encontraba en esta zona, y que aún se llama “Nacionalización Bancaria” TV, nombre un poco raro. Posteriormente, inicié mis estudios de Secundaria en la Sec. Oficial: Lic. Adolfo López Mateos, en lo que se le llamaba por aquel entonces colonia “la Loba”, aquí en Chimalhuacán. En este tiempo, empecé a trabajar medio tiempo, debido al número de hijos, y a los pocos ingresos de parte de mi papá. Trabajaba como empacador en una tienda de autoservicio, en el Distrito Federal.
Mi bachillerato, decidí estudiarlo en el Colegio de Ciencias y Humanidades Vallejo, en el DF. Por la cercanía del trabajo, sin embargo, sólo curse 2 años, pues al perder el empleo, ya que cumplí los 16 años, y hasta esa edad podía trabajar como empacador. Por eso deje la escuela un tiempo algo prolongado, pues laboraba como cargador en la Central de Abasto de Iztapalapa, DF.
Tenía alrededor de 18 años, cuando ingresé a participar en una estudiantina, en mi parroquia; fue hasta este momento en que empecé poco a poco a inmiscuirme en la vida de Iglesia, pues anteriormente no participaba en ninguna actividad de mi comunidad, incluyendo el ir a Misa los domingos, pues el trabajo me dejaba poco tiempo. Cuando ingresé a la estudiantina, me agrado bastante el trato del sacerdote hacia la comunidad: es persona amable, cercana y sencilla; esto permitió que me diera cierta curiosidad del porqué su forma de actuar para con la gente, de su entrega y servicio.
Fue ese mismo año que ingrese a la estudiantina, cuando me invitó a tener una experiencia de discernimiento vocacional, la cual era una vez al mes, durante dos días a lo largo de 5 meses. Después de este tiempo, decidí ingresar al Seminario. Por mis estudios inconclusos en el bachillerato, tuve que iniciar en el Seminario Menor, en San Sebastián, Texcoco. Tenía 19 años. Mi grupo, contaba con un número de 25 alumnos; todos jóvenes entusiasmados; fue una etapa sumamente agradable, donde conocí verdaderamente el llamado de Dios a la vida en comunidad, a ser consagrado; donde conocí la amistad auténtica. Verdaderamente fue un tiempo de crecimiento y bendición.
Al termino de mis estudios del Seminario Menor, inicié mi formación en el Seminario Mayor, en filosofía, dentro de la formación y su esquema, debería ingresar al Seminario Curso Introductorio, pero debido a la falta de vocaciones ese año, además de que de los 25 que habíamos ingresado al Seminario Menor, sólo quedábamos 3, decidieron enviarnos a cursar filosofía, en el Seminario Mayor. Había nuevos compañeros, además del reto de poder integrarse a una nueva casa, ritmo de vida, etc. Sin embargo, sólo fue un año, pues al siguiente curso, nos regresaron a Cursar el Introductorio.
El curso Introductorio tiene un papel importante dentro de mi formación, ya que tuve experiencias fuertes dentro de mi vocación. Lo que el sacerdote formador buscaba en aquel entonces, era tuviéramos experiencias fuertes, y las tuvimos: asilo de ancianos, casa de adictos, zona de pobreza extrema. En todas ellas, teníamos que vivir injertos en todo: nos íbamos a vivir un mes dentro de sus instalaciones. Fue una etapa muy agradable y de gran discernimiento, pues se llena a conocer de manera profunda las miserias humanas, hasta dónde puede llegar el ser humano.
Al iniciar nuevamente los estudios de filosofía, el ritmo fue, a mi consideración, como el de los demás seminaristas: la amistad, el estudio, el apostolado en algunas comunidades (de las cuales me toco acompañar algunas comunidades bastante agradables) la vida de comunión. Terminado mis estudios de filosofía, inicié una nueva etapa: Confrontación.
La Etapa de la confrontación, consiste en que el seminarista, sale del seminario durante un año, se inserta en las actividades ordinarias: busca un empleo, vive en su familia; se nos pide evitar quedarnos sólo como “sacristanes” o ayudantes del culto; la intención es que el seminarista vea y viva como una persona ordinaria. Durante este año, me dediqué a la docencia. Tuve muchos buenos amigos, con los cuales compartí alegrías, tristezas; algunos de ellos aún me son cercanos. La vida en casa, fue de lo mejor, pues redescubrí el amor de mis hermanos y padres hacia mí. Tiempo de gracia y bendición en mi hogar. Conocí, literalmente, a mis hermanas menores, pues cuando ingresé al seminario, una tenía dos años, y la otra unos cuantos meses. Terminando esta etapa, ingresé al Seminario nuevamente para iniciar mis estudios en Teología.
Mis estudios de teología fueron a mi consideración muy breves, no por el tiempo, sino por la experiencia de vida, hubiese deseado fueran más años. Disfrute durante este tiempo mi hogar, el Seminario, mi oración, estudios, amigos, el juego, la casa… me enamoré cada vez más de lo que había decidido hacer de mi vida. También en este tiempo recibí mi “candidatura” (que es ser aceptado como candidato a las órdenes sagradas), mi lectorado y acolitado; cada uno por año. También encontré muchas experiencias positivas en las diferentes comunidades a las que me enviaban para vivir mi servicio de apostolado. Cierto es que fue una época difícil desde el punto de vista económico, pues en casa quedaban algunos hermanos estudiando aún. Sin embargo, Dios apremia y nunca me falto lo necesario.
Este tiempo de estudios, si es bueno decirlo: fue de realmente amar lo que, he descubierto, Dios quiere para mí: vivir para Él; ser discípulo de su Hijo. Anunciar y procurar amar como Él amó.
Al termino de mis estudios en Teología, la gran alegría de la noticia de ser ordenado diácono. Pero, vino a su vez un momento muy duro y difícil en mi vocación: de los tres seminaristas y hermanos, que habíamos caminado juntos siempre, dos no nos ordenábamos diáconos, uno sí. Fue difícil, porque siempre nos veíamos juntos, y yo, no entendía por qué habían decidido esperarnos. Me enviaron a una comunidad, San Buenaventura, en el municipio de Tezoyuca, 6 meses, a tener una experiencia de parroquia.
Por fin, un día 9 de diciembre del 2010, me ordenaron diácono. Pero sólo estuve 1 mes en esa comunidad, pues un día primero de enero de 2011, fue designado a la comunidad de San Vicente, en el municipio de Chicoloapan. En esta localidad, me ordene sacerdote el día 8 de diciembre de 2011. Y estuve en total dos años. Uno como sacerdote. De las experiencias más agradables que puedo rescatar es mi trabajo con los grupos parroquiales, pues me agradaba estar con ellos, integrarme a sus actividades; con muchos tuve una buena y sincera amistad, fue un tiempo de gracia; crecí como sacerdote y pastor, pues me tocó administrar la parroquia durante un tiempo, pues no había párroco designado aún. Descubrí que la llamada a la vocación sacerdotal, se da en la amistad, el respeto. Un tiempo en que descubrí que ser pastor es más que confesar, que aconsejar, es acompañar en las penas y alegrías. Compartir la vida con la comunidad.
Después de dos años en esta comunidad, el señor Obispo, Juan Manuel Mancilla, me designó como párroco en la Comunidad de Cristo Rey, en Chimalhuacán. Con cierta tristeza por desprenderme de la comunidad donde viví mis primeros meses de sacerdocio, llegué a esta comunidad con nuevas expectativas, y además, con un poco de temor, pues no sabía lo que implicaba ser párroco, el trabajo pastoral, el plantear el Plan Diocesano, la cura de almas.
En esta comunidad he aprendido bastante, pues tengo una población aproximada de 35,000 habitantes, tres comunidades: San Felipe, San Jerónimo y Cristo Rey. Además, de que es considerada una de las zonas más pobres de la Diócesis; predomina mucho el ensimismamiento, lotes de 120 metros cuadrados que alojan hasta a 5 familias de entre 5 a 7 miembros. Los problemas principales que hay son la drogadicción, prostitución, alcoholismo, desempleo, pandillas de adolescentes y jóvenes. Hay mucho comercio informal de lo que acá llamamos “chacharitas”. Además, la gente tiene una gran necesidad material de casi todo, en la mayoría de los casos, pues como en toda comunidad, hay algunos que tienen mayores oportunidades y un empleo digno y estable; contamos con pocos profesionistas.
Sólo conociendo esta realidad es cuando se alcanza a descubrir la necesidad no solo de personas de buena voluntad, sino de sacerdotes cercanos y que asuman la misma realidad para poder transformarla. Sin embargo, es una comunidad muy abierta a la fe, con sed de poder conocer y amar al Padre Dios; quizás sin identidad cultural, pero con apertura para crear una, con carencias materiales y muchas, pero con generosidad al compartir lo poco que se tiene.
Mi servicio en esta comunidad ha estado marcado, considero, por tratar de estar con ellos, con mi comunidad, de mostrarles un Padre que les ama, les invita a ser mejores y vivir en comunión, para poder superar las dificultades.
Son a grandes rasgos, lo que puedo compartir de manera resumida parte de mi experiencia vocacional desde sus inicios hasta mi actual ministerio. Sé que Dios va llamando de diferentes maneras a vivir el ministerio que se me ha confiado. Por eso, ahora emprendo sta nueva experiencia colocando mi esperanza y mi persona en el Señor. Pues donde sea que me llame, y como me llame, debo estar. He amado esta comunidad, y ahora la dejo con alegría, porque hice lo que pude y procuré hacer lo mejor. Ahora a mirar con entusiasmo el futuro, mirando con gratitud mi pasado.
Pbro. Juan Manuel Portilla Viveros.