Historia vocacional

Mi nombre es Víctor Manuel Vega Ortega, ordenado sacerdote católico por gracia y misericordia de Dios, el día 08 de septiembre de 2017, festividad de la Natividad de la Virgen María, por imposición de manos del Sr. Obispo Mons. J. Guadalupe Torres Campos, en la diócesis de Ciudad Juárez, mismo lugar en el que nací el 24 de noviembre de 1990.

Actualmente desempeño el ejercicio del ministerio que se me ha confiado, en el Seminario Conciliar de Ciudad Juárez como Director Espiritual del Curso Introductorio y Responsable de los estudios del Seminario Mayor, misión que me ha sido otorgada desde el día 29 de mayo de 2017. Servicio que desempeño con disposición, entrega, generosidad y sincera alegría. Del cual, me siento profundamente agradecido con Dios, porque ha sido una experiencia que me ha hecho madurar en mi respuesta e identidad sacerdotal, gracias al testimonio y acompañamiento de mis hermanos sacerdotes del equipo formador, como de los seminaristas, que forman mi corazón sacerdotal y me enseñan a amar como padre, amigo y hermano en la fe.

Este servicio, ha sido para mí especialmente significativo, porque Dios me ha permitido ser testigo y mediador en la vida de muchos jóvenes que logran escuchar la voz de Dios y responder a su llamada, como a su debido tiempo yo lo hice. He entendido que para poder acompañar el proceso vocacional de una persona, es necesario haber sido acompañado en el propio discernimiento ante la pregunta más importante que puede plantearle una persona a Dios y, cómo también, he comprendido que sigue siendo necesario ser acompañado, una vez dada la respuesta.

Cada día me convenzo más de que Dios me ha hecho escuchar su voz a través de la juventud, a quien por años he servido. Él me sorprendió en un momento inesperado, cuando mi persona no anhelaba ni contemplaba como proyecto personal una vida sacerdotal. Esto es obra de Dios, como lo es toda vida y vocación. Ahora, me complazco en compartir un poco de ello a través de estas líneas.
Considero necesario mencionar que fui bautizado cuando tenía cinco años de edad, debido a que mi padre no era católico en aquel tiempo y aunque mi madre sí lo era, no nos inculcó en ella hasta que hice mi primera comunión cuando cumplí 14 años de edad y posterior a ello, ingresé a un curso de confirmaciones en la parroquia de San Martin de Porres, cuando ya tenía la edad de 15 años. Escribo estos datos, porque resalto que a pesar de que mis abuelos maternos siempre me dieron testimonio de fe, en mi infancia y parte de mi adolescencia, no conocía ni asistía en la fe católica. De ahí que, la figura sacerdotal estaba prácticamente desvanecida de mis opciones personales. No había tenido la oportunidad de dialogar ni conocer a un sacerdote de cerca, hasta que inicié mi preparación previa a recibir a Jesús Eucaristía por vez primera. Sin embargo, mi encuentro consciente y personal con Él fue hasta que viví mi preparación al sacramento de la Confirmación. Me enamoré profundamente de Él y nació en mí el deseo por servirlo toda la vida, de ahí que para hacer real esta experiencia, decidí continuar en la parroquia como servidor en el grupo juvenil. Fue una experiencia que día con día suscitaba en mí deseos por conocer más de nuestra fe y servir con mayor generosidad no solo a la juventud, sino a toda persona que lo necesitara, estando disponible para todo servicio que la comunidad parroquial solicitara.

Sin embargo, a pesar de que todo ello iba abrazando mi identidad cristiana, no pasaba por mi cabeza y proyecto de vida, entregarme en servicio a través de la vida sacerdotal, hasta que en una ocasión el promotor vocacional de mi diócesis, de aquel entonces, fue al grupo a predicar de esta vocación. En este momento, yo admiraba la figura sacerdotal por su identidad y entrega total a Dios y al pueblo, pero no lo identificaba con mi vida.

Es por ello, que logro afirmar que Dios hizo resonar su voz a mi vida a través de los jóvenes. Porque aquel día, en aquella parroquia, Dios me habló como no lo había hecho antes. El padre Salvador, hizo una dinámica: pidió a los jóvenes que escribieran una carta a aquella persona que creyeran pudiera ser un buen sacerdote. Aquel día, recibí tantas cartas, que todo lo que yo había planeado para mi futuro, se vio nublado, poco a poco se fue desvaneciendo. Se inquietó mi corazón y por vez primera le pregunté a Dios qué quería de mí. Inicié un proceso vocacional con el padre Salvador, proceso difícil, porque en un comienzo, mis padres no apoyaban la idea e incluso yo mismo me resistía a la posibilidad. Y después de tantos acontecimientos que marcaron nuestras vidas, decidieron apoyarme y yo, responder sin resistencias.

Desde que ingresé al seminario, hasta el día de hoy, Dios no me ha separado del acompañamiento de la vida juvenil, han estado presentes de alguna u otra manera en cada año transcurrido. Viví ocho años de camino formativo en el Seminario. Cuando egresé, fui enviado a la comunidad de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, comunidad periférica de nuestra diócesis, con abundante número de fieles y de bajos recursos, experiencia que favoreció en mi respuesta e identidad. Fui ordenado diácono en este tiempo y desempeñé este ministerio en esta comunidad, hasta que fui llamado por mi Obispo a servir en el servicio sacerdotal en el Seminario Diocesano.

El Seminario, representa grandes retos en el acompañamiento de la vida y el discernimiento con los jóvenes, realidades complejas y de muchas heridas, provenientes de familias disfuncionales o monoparentales. Ser director espiritual, es entrar con mucho respeto al lugar más sagrado de una persona, pisar tierra sagrada donde Dios se revela, como lo hizo Moisés en la zarza que no se consumía. No basta la buena voluntad, siempre será necesaria la experiencia y la adecuada preparación. Considero, que el Obispo, en dialogo con el padre Rector del Seminario, han tenido a bien enviarme a prepararme en la ciudad de Roma en la especialidad de Teología Espiritual, para seguir desempeñando este servicio en el acompañamiento de los seminaristas. Misión, que como he mencionado, la hago con alegría y generosidad.

Cuando el Obispo me pidió esta nueva misión, de estudiar y continuar con mi formación permanente, logré experimentar cierto desconcierto, pero a su vez, profunda gratitud por la oportunidad que se me estaba ofreciendo, que en definitiva, es Dios, quien busca seguir formando mi persona y sacerdocio, para poder formar y acompañar a otros en su nombre. Estoy consciente que la confianza que se tiene en mí, no es otra, más que para continuar sirviendo en mi diócesis, de manera especial en el Seminario Diocesano, sea en la dirección espiritual, como también en la dimensión académica, como docente en la etapa teológica.

El Seminario, ocupa una pieza fundamental, para definir al hombre que soy el día de hoy, no solo por la formación inicial, sin la cual no podría hablar de mi actual formación permanente. En el Seminario, he logrado vivir las experiencias que más han marcado mi historia y que incluso, me han preparado para afrontar todas las que la vida trae en sí misma. El solo hecho de ser sacerdote, abre un amplio abanico de horizontes donde nuestra vida tiene lugar e importancia. Recuerdo perfectamente a una mujer, que después de escuchar la homilía que pronuncié un Domingo de Pascua, logró volver a la vida y renacer en la fe, iniciar su proceso de conversión y salir de su vida de prostitución, educando a sus hijas en la fe, que hasta ese día no habían conocido una Iglesia, ni habían participado de un momento de oración comunitaria. No fue coincidencia. Ella estaba ahí y Dios me llevo ese día a predicar su palabra, atender y escuchar a aquella mujer, hija de Dios necesitada de misericordia, compasión y orientación. Han sido tantas experiencias, en tan poco tiempo, que no puedo más que pedirle a Dios me conceda seguir siendo su sacerdote, pero también que me prepare para todo tipo de momentos en que se requiera de mi presencia sacerdotal.

Por todo ello, ahora puedo decir, que en este momento me abraza la seguridad y la alegría de aprovechar responsablemente esta oportunidad que Dios me brinda. No puedo negar que también, la nostalgia, ocasionalmente toca las puertas de mi frágil vida y ministerio, sobre todo por las circunstancias en las que esto se está dando. Sin lugar a dudas, también es un tiempo muy propicio de fortificar la confianza y abandono en Dios que se vale de todo para hacer el bien a quienes Él ama.

Ciudad Juárez

Víctor Manuel Vega Ortega
Víctor Manuel Vega Ortega

Leer más

 

Ecatepec

Jonathan Arellano Verdejo
Jonathan Arellano Verdejo

Leer más

 

Ciudad de México

Jonathan Arellano Verdejo
Roberto Rojo Botello

Leer más

Querétaro

 

Jhonatan Eduardo Córdova Rodríguez
Jhonatan Eduardo Córdova Rodríguez

 Leer más

Querétaro

 

Miguel Angel Moreno Pacheco
Miguel Angel Moreno Pacheco

 Leer más

 

Guadalajara

Daniel Benavides Preciado
Daniel Benavides Preciado

Leer más

 
Enrique Hernández Galván
Enrique Hernández Galván

 Leer más

 
Jose Emmanuel Gonzalez Loza
José Emmanuel González Loza

 Leer más

 
Víctor Manuel Vega Ortega
Jose Francisco Muñoz Nuñez

 Leer más

Samuel agustin Soto Torres
Samuel Agustín Soto Torres

 Leer más

 

 

Tehuacán

Juan José Herrera Martinez
Juan José Herrera Martínez

Leer más

 

Tijuana

Jonathan Arturo Valadéz Castillo
Jonathan Arturo Valadéz Castillo

Leer más

 

Tlaxcala

José Antonio Manilla Hernández
José Antonio Manilla Hernández

Leer más

Tlaxcala

 

Octavio Sánchez Rodríguez
Octavio Sánchez Rodríguez

 Leer más

Tula

 

José Alfredo Castro Ortíz
José Alfredo Castro Ortíz

 Leer más

 

Tuxtepec

Francisco Javier Salazar Sandoval
Francisco Javier Salazar Sandoval

Leer más

 

Yucatán

Alejandro de Jesús Álvarez Gallegos
Alejandro de Jesús Álvarez Gallegos

Leer más

 

Zamora

Juan Antonio Domínguez López
Juan Antonio Domínguez López

Leer más

 

Zamora


Pedro Rodríguez Madrigal

Leer más

-