HISTORIA VOCACIONAL

Soy el P. Juan José Herrera Martínez, estoy incardinado a la Diócesis de Tehuacán, ubicada al sureste del estado de Puebla, la cual pertenece a la Provincia Angelopolitana. Tengo 6 años de haber sido ordenado sacerdote y hasta hace unos días era director del seminario menor de mi Diócesis.

Nací el 05 de septiembre de 1987 en la ciudad de Tehuacán, Pue., en el seno de una familia humilde y profundamente católica, soy el tercero de cuatro hermanos. Siendo aún muy niño murió mi hermano mayor y algunos años más tarde mi padre. Por parte de la familia de mi papá tengo dos tíos religiosos, una monja clarisa y un sacerdote basiliano.

Cada año mi familia acostumbraba a participar de la gran fiesta diocesana: la Kermesse del Seminario, un evento grande donde las parroquias de la Diócesis se unen para recaudar fondos para el sostenimiento del Seminario. Era emocionante ir y ver una multitud de gente que era recibida amablemente por los seminaristas vistiendo la sotana negra y la banda azul. Esa imagen me impacto y desde muy chico me llamó la atención ser seminarista. Los domingos era indispensable el participar de la misa, el ver a mis padres participar religiosamente de la Eucaristía me llamaba la atención, sobretodo en el momento de la consagración, donde de rodillas contemplaban ese evento tan sublime que realizaba el sacerdote, yo no entendía mucho, pero su devoción fue inspirando en mí inquietud por ese personaje que realizaba tan grande obra: el sacerdote.

Al finalizar la secundaria, mis padres me preguntaron donde quería estudiar el bachillerato, y sin dudarlo les dije que quería ir al seminario. Nunca se opusieron a mi deseo y me apoyaron en pedir información, asistí al Pre-seminario en el año 2002 y fui aceptado. En todo momento me sentí contento y motivado, aunque también hubieron momentos de dificultad, nunca pensé en desistir. Tuve la ayuda de mis formadores, mis familiares y amigos. El Curso Introductorio lo inicié en el 2005, después continué con los estudios de Filosofía, los estudios se me facilitaban y el ambiente del seminario era de amistad y cercanía. Tuve la oportunidad de estudiar la Teología en Roma, fue una bendición que pude aprovechar por 3 años que duraron los estudios. La riqueza cultural y religiosa que ofrecía el estar en el corazón de la Iglesia hizo que fuera respondiendo cada vez más con seguridad y entrega.

Al regresar a mi Diócesis fui enviado a una comunidad de la sierra bastante grande y con muchas carencias. Junto con el párroco atendíamos pastoralmente a 30 comunidades, distantes unas de otras y con vías de comunicación en malas condiciones, en algunas de ellas sólo se podía entrar caminando. Fui ordenado diácono el 18 de enero de 2013 junto con otros tres compañeros. En julio de 2013 fui trasladado a otra parroquia-santuario donde hice equipo con dos sacerdotes, al mismo tiempo el obispo me confío la Dimensión diocesana de Animación Bíblica de la vida pastoral, que forma parte de la Comisión de Pastoral Profética, durante el tiempo que estuve al frente de la dimensión trabajamos por instituir y dar formación a los equipos de animación bíblica en los decanatos y las parroquias de la diócesis, impulsamos la práctica de la Lectio Divina elaborando y distribuyendo material para este fin, colaboramos como dimensión en la elaboración del tercer plan de pastoral.
Fui ordenado sacerdote el 31 de enero de 2014, nombrado vicario parroquial y continué al frente de la Animación Bíblica. Ahora como sacerdote se multiplicaron las responsabilidades en la parroquia donde, además de atender sacramentalmente a las comunidades, fui el encargado de acompañar a los ministros de la Eucaristía, la Pastoral Familiar y los jóvenes. Era una parroquia viva que demandaba de todos los sacerdotes que estábamos ahí mucha atención y cercanía.

En julio de 2015 fui nombrado párroco de una de las últimas parroquias de la diócesis, geográficamente hablando, san Sebastián Tlacotepec, mi primera parroquia. Aún conservo la emoción y la alegría al tomar posesión de ella, la gente muy pobre pero de una fe grande. La parroquia tiene 19 pueblos filiales dispersos en una extensión geográfica bastante grande, a dos de ellas sólo se llegaba a pie y a una de ellas en lancha. Visitaba las comunidades las veces que más podía, me interesó formar a los catequistas y ministros de la comunión quienes celebraban los domingos en que yo no podía estar con ellos. Junto con un grupo de religiosas que residían en la parroquia trabajamos para atender las necesidades de la gente, junto con la autoridad civil se lograron muchas obras materiales en beneficio de la parroquia y los pueblos filiales. Se conformó el consejo de pastoral parroquial y se elaboró el plan de pastoral parroquial. Celebramos el jubileo por los 50 años de erección parroquial, fue una fiesta espiritual en donde participaron todos los párrocos que estuvieron antes que yo y agradecimos a todos los agentes de pastoral que colaboraron en la evangelización y catequesis en la parroquia.

En 2017 el obispo me pidió dejar la parroquia y ayudar en la formación en el seminario, fui nombrado responsable del Curso Introductorio y miembro del equipo formador en el Seminario Mayor, colaborando como asesor de la Dimensión humana. Aunque ahora el número de personas a quienes atendía era mucho menor,  la exigencia fue más delicada, pues se trataba de formar en los seminaristas en corazón sacerdotal del Cristo, no solo con la palabra sino, sobre todo, con el ejemplo, muchas cosas tuve que mejorar de mi sacerdocio, otras tantas sigo trabajando, pero siempre tuve como prioridad que los seminaristas se enamoraran de la vocación sacerdotal y trabajaran arduamente en el discernimiento y la madurez humana. Los seminaristas provienen de diferentes parroquias de la diócesis, muchos de ellos con limitaciones económicas pero con la suficiente generosidad para responder a Dios de la mejor manera. Era un acompañamiento total, desde las primeras oraciones en la mañana hasta la acción de gracias antes de descansar, las clases, las entrevistas personales, los encuentros formativos, la convivencia y la corrección fueron de las actividades que daban sentido a nuestro servicio pastoral.

En 2019 fui nombrado director del seminario menor, ahora al frente de toda esta sección, hice cabeza en el equipo formador. Fue una experiencia nueva y desafiante. Me tocaba mantener relación constante con la escuela que daba validez a los estudios de bachillerato de los seminaristas, dialogar y coordinar actividades con los profesores, y demás deberes académicos. Junto con el equipo formador atender a los padres de familia y acompañar a los seminaristas en el cuidado y discernimiento de los gérmenes de vocación. A partir de marzo se tomó la decisión de enviar a los seminaristas a sus casas para vivir el confinamiento por la pandemia. Fue todo un reto para ellos y para nosotros el dar seguimiento a la formación y los estudios en esta nueva realidad. Entre aciertos y errores concluimos el ciclo escolar que nos dejó sin duda muchas enseñanzas y desafíos para mejorar.

Durante el tiempo de confinamiento el obispo me hizo saber que había tomado la decisión de enviarme a realizar estudios de especialización en Filosofía en la ciudad de Roma. Fue para mí una gran sorpresa porque apenas comenzaba mi servicio al frente del seminario menor y, al mismo tiempo, una gran alegría por volver a vivir esta gran experiencia de vivir en Roma, junto al vicario de Cristo, y de ser estudiante, ahora con la encomienda de especializarme en un campo especifico de los estudios importantes para la formación sacerdotal continuando con mi formación permanente. Agradezco la confianza de mi obispo para esta tarea y me propongo aprovechar al máximo esta oportunidad, de modo que pueda colaborar después en todo lo que me pida la Iglesia en la persona de mi obispo.

Durante el tiempo que estuve en el seminario como formador me di cuenta de lo necesario que es contar con una especialización, de modo que la colaboración no sólo sea por obediencia y de buen ánimo sino también contando con las herramientas necesarias para formar de la mejor manera a los seminaristas que serán los futuros pastores en las comunidades de nuestra diócesis y de la Iglesia, también es necesaria la capacitación para poder entablar un dialogo firme y cercano con las instituciones educativas de la diócesis, creando vínculos para implementar la pastoral universitaria. Sin duda alguna, también las parroquias merecen recibir pastores preparados que puedan dar razón de su esperanza y les ayuden a formarse en su fe, en el contexto de las nuevas doctrinas que confunden al pueblo fiel de Dios.

Soy consciente de la responsabilidad que asumo, por eso pondré todo lo que esté de mi parte para aprovechar esta oportunidad, agradeciendo con ello a todas las personas que hacen posible esta experiencia. Les encomiendo en la Eucaristía y en mis oraciones. Oren también por mí.



P. Juan José Herrera Martínez
Diócesis de Tehuacán