HISTORIA VOCACIONAL
PBRO. JOSÉ ALFREDO CASTRO ORTIZ

Hola a todos ustedes que se han tomado un tiempo para poder conocerme al leer estas líneas donde comparto mi vida, pero sobretodo mi vocación en el ministerio sacerdotal.

Soy el padre José Alfredo Castro Ortiz de la Diócesis de Tula Hidalgo. Dios me concedió el don de la vida desde el día 23 de febrero del año 1979 y hasta la fecha el Señor me ha permitido vivir 41 años. Desde que nací hasta los 17 años, que fue cuando dejé mi casa para ir al seminario, viví en la ciudad de Ixmiquilpan Hidalgo.

Cuando era niño era muy raro que yo asistiera a la iglesia, si llegaba ir a misa o al rosario, en el mes de mayo lo hacía porque mi abuela paterna me llevaba a participar. El día que todo cambió en mi vida y que me hizo que empezara un caminar vocacional fue cuando acudí por primera vez al catecismo con mis primos. Mi primer encuentro con Cristo fue desde la primera plática con la catequista, que al terminar la catequesis me fui rápidamente a buscar a mi mamá para que me inscribiera y pudiera hacer mi primera comunión. Hubo un tema que lo me lo dieron tres veces ¿por qué? No lo sé, pero ahí había una pregunta que decía qué quería ser de grande. Mi primera respuesta fue ser albañil, me llamaba la atención hacer casas; la segunda vez que lo tomé mi respuesta cambió y puse que quería ser doctor; la última vez que me dieron el tema cambié nuevamente mi respuesta y dije que quería ser sacerdote. Ese día, que fue la última vez que la catequista nos dio el tema, revisó mi lección y recuerdo bien claro que me dijo “voy a rezar para llegas a ser sacerdote”. Hice mi primera comunión y confirmación, era participativo en la parroquia, fui catequistas y acólito, formé parte del coro, pero en la etapa de la adolescencia ya no pensaba en el Seminario ni en ser sacerdote sino estudiar, tener una familia y un buen trabajo. A pesar de todo esto que buscaba sentía que el Señor no me abandonaba, sino que de una u otra forma me seguía haciendo la llamada de ser su sacerdote por medio de mi párroco, seminaristas que visitaba la parroquia y nos hacíamos amigos, por medio de los agentes de pastoral, la mamá de mi párroco, pero donde escuchaba más la llamada del Señor era en mi propia vida que al empezar algo al poco tiempo terminaba, una y otra vez, y fue ahí donde dije: “el Señor me llama, me voy al Seminario”.

Entré al Seminario a cursar el último año de preparatoria en 1996. Antes de ingresar mi madre me dijo con palabras muy sabias: “Si quieres ser sacerdote, yo te voy apoyar, pero quiero que seas un buen sacerdote”. El apoyo de mi madre desde la etapa de mi formación hasta el día de hoy ha sido muy importante. Eso me ha ayudado a no sentirme solo y a tener confianza. Aun en los momentos de crisis en familia, por la enfermedad de mi padre (durante 10 años) y su muerte, yo veía la necesidad de suspender mi formación para apoyar a mi madre, pero ella me pidió no dejar el seminario sino seguir adelante. Confiaba que con la ayuda de Dios podríamos lograr salir adelante.

Desde 1996 que entré al Seminario Diocesano San Felipe de Jesús hasta el año 2005 que terminé mi formación inicial, siempre me ha gustó ser participativo y entusiasta. Con mis compañeros a fomentar el deporte, a realizar pastorelas, grabar un disco con cantos vocacionales, a convivir dentro y fuera de la casa de formación. Estar fuera de casa me enseñó a ser responsable y cumplir con mis deberes en las diferentes áreas de la formación, a ser cuidadoso con mis cosas y las del seminario y a darles un buen uso.

El 15 de agosto de 2006, por medio de una llamada, el Señor obispo Octavio Villegas Aguilar me dice que quiere verme porque mi solicitud a la ordenación diaconal había sido aceptada. Recibí la ordenación diaconal el día 27 de septiembre de 2006 en mi pueblo y parroquia natal. De ahí se me pidió que fuera a la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús para apoyar en la pastoral y seguirme preparando para la ordenación sacerdotal. En el año 2007, en el día de la Resurrección del Señor, platicando con el señor obispo Juan Pedro Juárez Meléndez, me da la noticia de que sería ordenado sacerdote. El día 2 de agosto de 2007, en la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, en Progreso de Obregón Hidalgo, recibí la ordenación sacerdotal. Ahí continué por dos años más y después fui trasladado a la Parroquia de San Juan Bautista donde estuve de octubre del 2009 a junio de 2013. De agosto de 2013 a agosto de 2016 estuve en el Seminario Diocesano San Felipe de Jesús como ecónomo. En agosto de 2016 al regreso de la Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia, el obispo me manda llamar para pedirme que le apoye con la Parroquia de San Antonio de Padua en Jacala Hidalgo y me nombra párroco el 15 de septiembre de 2016 y hasta el día 31 de julio del 2020 concluiré con esta misión, para emprender una nueva misión de prepararme haciendo los estudios en Roma y apoyar en el plan diocesano de pastoral.

En la parroquia de San Antonio de Padua me ha tocado vivir una experiencia muy bonita dentro de estos casi cuatro años que me ha tocado acompañarla como párroco. Es una parroquia ubicada al norte de la diócesis, casi en los límites, en la parte de la Sierra y su gente se distingue por tener un gran corazón. Es una parroquia de economía media a pobre porque la mayor parte del sustento de la gente viene de los envíos que mandan sus familiares que se encuentran en los Estados Unidos y de los apoyos federales y estales que puedan recibir. La otra parte de los ingresos de las familias son de los empleos de las dependencias de gobierno (federal, estatal o municipal) y del comercio formal e informal. En muchas de las comunidades que conforman la parroquia todavía se vive de lo que el campo pueda dar, se tienen tierras de temporal y ganado, aunque es algo que ya se va perdiendo porque las nuevas generaciones por buscar nuevas oportunidades en la vida dejan los campos y animales por ir a estudiar o buscar trabajo en otro Estado o País.

La riqueza de la gente es su gente y sus tradiciones propias. Su música y sus bailes en el huapango, su gastronomía con sus platillos de cecina con enchiladas, carne de puerco en chile rayado, sus ofrendas y tamales en la festividad de los fieles difuntos, su fruta de horno en las posadas y el tiempo de Navidad. Todo esto nos lleva a compartir la vida, lo que somos y tenemos, a compartir la alegría y no olvidarnos que somos un pueblo, que somos una comunidad. Sin antes conocerlos, todo este tiempo hemos trabajo con el objetivo de ser una familia, porque así lo pensé desde que llegué a esta comunidad parroquial. Somos una familia, con un párroco que como padre los guía al encuentro de Dios y alcanzar su salvación; una familia donde tenemos que estar juntos, donde nadie tiene que irse y los que se han ido abrirles las puertas y poder regresar.  Somos una familia que sin hacer distinción de credos fomentamos el respeto y el apoyo a los otros. Somos una familia que por la población la conformamos aproximadamente 12 mil habitantes entre católicos y no católicos.

Mi estancia en esta parroquial desde el primer día lo he llamado providencial, porque Dios nos va mostrando el camino a seguir para alcanzar la unidad. Llegué a esta parroquia durante el Año de la Misericordia y ese año ha sido luz para seguir un camino. Primero buscamos la reconciliación con la gente que se había alejado. Segundo porque buscamos la reconciliación entre los que ya estaban, pero había mucha separación entre los grupos. Como padre en medio de la comunidad les decía: “un padre quiere una familia unida y no una familia dividida, trabajemos por la unidad y hagamos presente el Reino de Dios”. Aún recuerdo aquella entrevista que me hizo un reportero de un periódico regional a los primeros días de mi llegada: ¿cuáles son sus planes en la parroquia?” Yo respondía: “No tengo ningún plan personal, el único plan es el que Dios nos propone en su Evangelio”.

Después de estos casi cuatro años, se ha logrado un cambio en la manera de ser iglesia y la manera de vivir los sacramentos, porque ya no ve la fe sólo como una tradición sino como un compromiso de vida que inicia con el encuentro con Cristo y se concluye con un compromiso misionero que se realiza en la familia, en la escuela, el trabajo, la comunidad y la parroquia.

Durante los años de mi vida sacerdotal me ha tocado participar en la Pastoral Juvenil. Del 2006 al 2013 participe en el equipo Diocesano de la Pastoral juvenil en la parte de la formación. Del 2013 al 2020 se me nombró Asesor de la Pastoral Juvenil de la diócesis y desde el 2014 al 2020 fui Delegado asesor de la Pastoral Juvenil de la Provincia de Hidalgo. Por lo tanto, al ser asesor provincial participe del 2014 al 2020 en el Dimensión Episcopal de la Pastoral de Adolescentes y Jóvenes (DEMPAJ).

En el año 2016 siendo parte del equipo de la DEMPAJ, participe en la 99 Asamblea ordinaria de los obispos donde se abordó el tema de los jóvenes como protagonistas y destinatarios de la nueva evangelización. Durante esa semana de trabajo me toco presentar en un panel la realidad que viven los jóvenes de la zona centro del país, además de hacer equipo de trabajo con los obispos de la Provincia para trazar el camino que como pastoral juvenil realizaríamos como Provincia y como Diócesis. Durante estos años de mi participación el Pastoral Juvenil se dio énfasis a realizar un trabajo que generará procesos (parroquial, diocesano y provincial), una formación a los asesores de la pastoral juvenil para ser acompañantes de los adolescentes y jóvenes, y así poder dejar atrás una pastoral de eventos solamente.

Con alegría, aun teniendo las dificultades de medios de comunicación y territorialidad, en la Provincia de Hidalgo se ha motivado para que los que integran la Pastoral Juvenil respondamos a los objetivos de la DEMPAJ y podamos hacer un camino de comunión.

Ahora con esta oportunidad de ir a estudiar, y por los años que me ha tocado servir en la Pastoral Juvenil, al regreso podré apoyar en los procesos de formación de una manera más especializada y no sólo en la Pastoral Juvenil sino también la Profética principalmente la Dimensión de Catequesis en las diferentes edades. Platicando con el señor obispo, el objetivo es que a mi regreso se pueda impulsar los procesos de la iniciación cristiana en la diócesis.

Estos 3 años y 10 meses que he tenido la experiencia de ser párroco me hace ver que el ser y vivir como Iglesia no es sólo una utopía sino también una realidad que se puede palpar; que ser y vivir como Iglesia no es sólo ser un funcionario público sino ser un pastor y padre en medio de la comunidad y que da toda su vida por sus ovejas. Vivir la experiencia de párroco me permitió vivir como padre que busca siempre el bien de sus hijos.

Ahora que se me pide ir a Roma a continuar estudiando y prepararme para servir a la Iglesia sigo reafirmando que en esta vida no es hacer nuestra voluntad sino la voluntad de Dios, que son los proyectos de Dios y no los míos. Cuando el obispo me mandó llamar no me esperaba recibir esta noticia e impactado por lo que me decía mi respuesta fue: “prometí obediencia y si es lo que me pide el Señor por medio de usted, sigo siendo obediente y con mucho gusto acepto ir a estudiar”. Una llamada que me llena de alegría porque el Señor sigue confiando en mí.

Con la confianza que han puesto en mi persona voy a Roma a prepararme y aprovechar todo lo que se me va brindar desde la universidad. Sé que ante estas nuevas realidades que nos tocan vivir se nos proporcionar los elementos necesarios y descubriremos, con la ayuda del Espíritu Santo, nuevos caminos para que el Evangelio pueda seguir llegando a cada persona. Nos enfrentamos a un cambio de época y en este cambio el Evangelio se tiene que hacer presente para que nunca Dios quede fuera del corazón de las personas y cada persona comprometida con Dios pueda hacer presente los valores del Reino de los Cielos.

Primero Dios al regresar de mis estudios y en la preparación del nuevo plan diocesano de nuestra Diócesis en Tula pueda ayudar a cada hermano sacerdote y cada comunidad parroquial a encontrar caminos que nos permitan vivir y alcanzar cada uno de los objetivos propuestos. Apoyar a cada parroquia para poder aportar y enriquecer cada una de sus metas propuestas en las que cada comunidad pueda tener un encuentro vivo y personal con Cristo y les lleve a dar, como discípulos y misioneros, nueva vida a cada comunidad.

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