José Gerardo Muratalla Hernández

“nadie ama lo que no conoce”, el conocer más a Cristo, tanto en la labor pastoral como en el estudio y en la propia experiencia, me ensancha más corazón…

José Gerardo Muratalla Hernández,

  • ARZOBISPADO DE MÉXICO
  • 3er Zona Pastoral
  • Unidad Pastoral Aragón
  • Parroquias: San Martín de Porres, san Juan Crisóstomo y san Felipe Protomartir
  • * Colonias Campestre Aragón * San Juan de Aragón * Alcaldía Gustavo A. Madero * CDMX *
  • Teléfonos de las oficinas: 55-6835-6383 * 55-7096-4526 * 55-1114-5569 *

Me presento. Me llamo José Gerardo Muratalla Hernández, sacerdote incardinado en la Arquidiócesis de México, formado en el Seminario Misionero Redemptoris Mater de la misma arquidiócesis, tengo nueve años de ordenado sacerdote.

Nací en la ciudad de México el día 14 de diciembre del año 1983, soy el segundo de tres hermanos. Mi hermana mayor, Kareem, es monja de claustro, radica en el Monasterio del Espíritu Santo en el Puerto de Santa María, España, desde hace 17 años aproximadamente. Mi hermano menor, Mauricio, es sacerdote de la Arquidiócesis de Guadalajara, donde también radican nuestros padres.

Aunque nací en la ciudad de México, me crié en Guadalajara, el terremoto de 1985 nos hizo mudarnos allá, donde sentí por primera vez la llamada a ser sacerdote en el pre-seminario del seminario Menor de la diócesis a mis 11 años de edad aproximadamente, con la inquietud vocacional, decidí continuar el acompañamiento de ser seminarista en familia (SemFam) durante el tiempo de la secundaria. Mi familia siempre ha sido cercana a la Iglesia, participábamos activamente en nuestra parroquia, hacia el último año de la secundaria ingresamos, abuelos, padres y hermanos al Camino Neocatecumenal, tenía 14 años.

Durante este periodo de la adolescencia le dije al Señor en mi interior: «Si realmente me llamas a ser sacerdote, llámame fuerte, porque prefiero casarme», esto a pesar de sentir la inquietud vocacional. Aunque fui invitado a entrar al seminario para la preparatoria, no acepté y comencé a forjar mi ideal del matrimonio, en el CETI ingresé a estudiar Tecnólogo en Construcción, a finales de los cuatro años de estudios, me enamoré de una muchacha de mi parroquia del coro de jóvenes que dirigía, con la que estuve un año de novio. Aquí empecé a percatarme de que, a pesar de que iba construyendo mi “ideal de vida”, me sentía cada vez más vacío. Obtuve los mejores promedios, me ofrecieron bolsa de trabajo en una constructora, tenía la chica que quería, mi padre médico nos proveía de todo lo que necesitáramos, pero estaba internamente vacío. Comenzó un tiempo de crisis seria. Nada me llenaba. Tenía 18 años. Me invitaron a unos ejercicios espirituales de un mes en silencio en un cerro, Julio del 2002, allí el Señor me confirmó en la vocación sacerdotal.

Fue un periodo de maduración y aceptación progresiva de la vocación que inició de los 12 años y se fraguó a los 18 años. Realmente agradezco a Dios la historia tan bella que forjó en mi interior. Después de esos ejercicios espirituales en el Verbum Dei, la vocación se clarificó y la acepté con gran gozo. La predicación existencial en el Camino Neocatecumenal me llevó a cuestionarme seriamente el sentido de mi vida. Sintéticamente podría decir que, la vocación sacerdotal que antes se me presentaba como un aniquilamiento de mis ideales, después de esta crisis y encuentro tan íntimo con el Señor, se tornó en un redireccionamiento de plenitud a mi vida con sentido trascendente, la incertidumbre del querer descubrir en mi adolescencia para qué mujer tenía que entregarme, las proyecciones hacia el futuro que hacía en mi ancianidad, del sufrimiento de la muerte del ser amado (mujer, hijo, padres)… hasta la propia muerte, toda cuestión y miedo del presente y lo que vendría, se disipó, descubrí de manera totalmente nueva, desde mi interior, de que todo tenía en Cristo su justo sentido, su respuesta, su razón última de ser y su fin.

Mi formación en el seminario constó de tres años de filosofía, cuatro de teología, dos años de itinerancia que realicé en Franklin Park, Chicago Illinois, en la parroquia de Saint Gertrude, un año de diácono y llevo nueve años de sacerdote.

Estoy encargado de la Unidad Pastoral en Aragón en la Ciudad de México que se conforma de tres parroquias (san Martín de Porres, san Juan Crisóstomo y san Felipe Protomartir) en calidad de moderador (CIC 520 §1) en la que laboramos cinco sacerdotes en conjunto, los demás son neo-presbíteros. La primera comunidad parroquial tiene una identidad de ser una parroquia limítrofe entre la Ciudad de México y el Estado de México, con población muy variada, gente que viene de otros estados a encontrar una mejor vida, hay algunas fábricas, obreros, una colonia asentada de algunas décadas atrás. La segunda tiene una clara identidad de pueblo originario, posee sus usos y costumbres, (peregrinación anual de todo el Pueblo a la Basílica de Guadalupe, cercanía a la Iglesia, acompañar al difunto, cargando su féretro y caminando hacia la Iglesia para la misa y después para su entierro en el cementerio del Pueblo, etcétera) existen cinco mayordomías. La última parroquia posee una identidad similar a la segunda, son una extensión del Pueblo de San Juan de Aragón, pero mantienen un poco más de distancia de la identidad típica del Pueblo. No se cuentan con comunidades indígenas, aunque podemos encontrar gente que viene de algunos estados que hablan solamente su dialecto, como el otomí.

La situación socioeconómica y cultural de las tres comunidades parroquiales es tan diversa como la misma ciudad de México, tenemos zonas con gente que vive en situaciones muy vulnerable, casas de cartón, otros habitan en vecindades donde hay muchas familias juntas, tenemos varias unidades habitacionales, otros sectores son gente que vive bien acomodada.

En este proyecto de la configuración de la Unidad Pastoral (CIC 571 §1) dentro del contexto de la pandemia, realmente ha sido un reto pastoral: conocer la identidad tan peculiar de cada parroquia, sus circunstancias históricas que determinan el modo de vivir y actuar (en una de ellas, san Martín, el párroco falleció de COVID, lo cual golpeó fuertemente a la comunidad al quedarse sin sacerdote al frente); conocer las propias capacidades y límites de los cinco sacerdotes, para que de ambas pudiéramos reactivar la vida de atención catequética y sacramental en las tres parroquias tras la reapertura y reactivación gradual.

En esta labor se ha apoyado la creación de un grupo de atención a personas con situación vulnerable (ABA) con apoyo de Cáritas, evangelización de parte del Camino Neocatecumenal, promoción de la asociación civil: Moviendo a +, además de las actividades y exigencias propias de las parroquias. He tenido la oportunidad de apoyar, asimismo, en el acompañamiento de la pastoral vocacional en la tercera zona pastoral, ayudando a discernir, sostener y promover las vocaciones sacerdotales en esta zona.

Dentro de estas actividades, Monseñor Luis Manuel Pérez Raygoza, encargado tanto de las Unidades Pastorales como del Presbiterio en mi Arquidiócesis, me ofreció la propuesta de ir a estudiar Teología Dogmática Sacramental en Roma, con la intención de que a mi regreso pueda apoyar en dar clases en el Seminario como formador.

Yo pertenezco a un seminario misionero, cuya atención es principalmente en el ámbito pastoral, en atención directa con el pueblo de Dios, con la gente. Aceptar esta propuesta incluye un cambio en el ámbito de labor, en el aula, sin excluir la atención parroquial. Esta propuesta me pareció de manera evidente, una llamada de Dios. Aquel que conoce el interior del corazón de todos los hombres, sabe que dentro de mí ha estado presente el conocer más y más la verdad, después de ser ordenado sacerdote y laborar pastoralmente, esta necesidad connatural no desapareció, el deseo de continuar los estudios de especialización lo veía como una opción ya irrealizable dada la naturaleza de mi formación pastoral. Y aunque, ciertamente nunca he manifestado externamente mi deseo de continuar estudiando, siempre he estudiado a pesar de la gran carga de trabajo y demanda que exige una parroquia o ahora tres parroquias.

Sin duda alguna, este llamado de Dios a través de mi obispo a realizar estos estudios de especialización hace expandir dentro de mí el amor fiel de Dios que prorrumpió y sigue constante en mí desde hace 20 años. Conforme aquello que dice san Agustín: “nadie ama lo que no conoce”, el conocer más a Cristo, tanto en la labor pastoral como en el estudio y en la propia experiencia, me ensanchar más corazón, al ser consciente del obrar de Dios en mi vida, en nuestra Iglesia y para ella.

Así pues, esta invitación de parte de la Iglesia para que estudie y posteriormente dé un servicio de docencia, la veo como un llamado particular de Dios que ve en mi interior aquello que Él mismo ha puesto en mí, para que le responda con mucho mayor ahínco en este servicio a Él en su Iglesia y donde Él quiere.

Mi expectativa es realmente no poner resistencia a la voluntad de Dios en mi vida, Él es quien le ha otorgado a mi existencia el auténtico sentido que siempre he buscado, y no sólo a mi vida, sino a todo. Así que, a donde Él me envíe, con quien Él me envíe, para lo que Él me envíe, espero no ofrecer resistencia, ahora se presenta Dios pidiéndome ir a estudiar para después ayudar a formar a los futuros sacerdotes en su actividad pastoral. Esto es un gran regalo y también misión, un reto, ayudar a comprender la impresionante potencia de la acción salvadora de Dios en los sacramentos.

Termino con una pequeña anécdota. Al inicio de mi ministerio recuerdo que sentado al confesionario se acercó un joven que había cometido aborto, estaba realmente destruido por dentro, con sentimientos de profundo desprecio… sacó todo lo que tenía, era una persona cercana y conocedora de la doctrina de la iglesia… las condiciones en aquel tiempo eran favorables para la absolución sacramental, pues, se había concedido dicha facultad a todo presbítero. Después de su confesión, poco a poco le fui exponiendo, frente a la gravedad de su pecado cometido de manera consciente, la magnanimidad del inconmensurable don del perdón de Dios, a pesar de sus consecuencias… al terminar la confesión, miré a un joven totalmente distinto, resucitado, otra persona, me agradeció conmovido entre sollozos… Esta experiencia me hizo ver la potente y extraordinaria acción de Dios en los corazones y vidas de las personas mediante los sacramentos, es algo que no se realiza en ningún otro lugar, consultorio u oficina.

Agradezco a Dios por mi vocación, por la inestimable oportunidad que me da de poder anunciar su amor incondicional en su Iglesia, amor que transforma auténticamente al hombre en hijos de Dios y también agradezco de antemano a la Fundación FRATERNA, IAP por contribuir al impacto de la acción de Dios en nuestra sociedad actual tan fracturada. Gracias, me encomiendo a sus oraciones.

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